Viacrucis de Iztapalapa celebra su 183 representación como Patrimonio de la Humanidad

Este Viernes Santo, Iztapalapa vive el último pasaje de la pasión, muerte y resurrección de Jesús, en su tradicional Viacrucis, declarado Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la Organización de Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco, por sus siglas en inglés).

La edición 183 comenzó con una hora de retraso, mientras el protagonista permanecía apresado en la casa de ensayos, a la espera de iniciar su camino hacia la cruz.

Desde muy temprano, fieles y curiosos formaban largas filas en el “huerto” para ver al protagonista y capturar con una foto un instante que mezcla historia y fe.

Por las calles de la alcaldía, los nazarenos ya cargan sus cruces: algunas grandes, otras enormes. Los vecinos aseguran que el tamaño de la madera refleja el peso del pecado de quien la lleva. Con el paso de las horas, el sol y el asfalto caliente pasaron factura: Protección Civil reportó un aumento de lesiones en los pies de los penitentes, lo que recuerda el esfuerzo que exige sostener la tradición.

Más que una ceremonia religiosa, el Viacrucis se vive como una auténtica fiesta cultural. Legiones de soldados romanos, provenientes de distintos barrios, abren paso con sus caballos; detrás de ellos, Dimas, Gestas y Barrabás avanzan encerrados en jaulas, mientras niños y adultos observan con asombro la cantidad de personajes que desfilan por las calles.

Turistas nacionales y extranjeros se mezclan entre la multitud, algunos comiendo mangos preparados o jicaletas, mientras contemplan la riqueza de la representación. Entre devoción, calor, color y emoción, el Viacrucis de Iztapalapa confirma su lugar como un encuentro donde fe, cultura y celebración comunitaria se funden en cada paso del recorrido.

La Pasión de Cristo y la vida cotidiana

El olor a comal caliente y a masa recién puesta en el anafre acompaña el trayecto del Viacrucis de Iztapalapa.

Mientras la representación avanza hacia sus momentos más intensos, en los alrededores del jardín Cuitláhuac la vida cotidiana encuentra su propio ritmo: manos que aplauden, cámaras en alto y, entre todo eso, antojos que no esperan.

Las quesadillas de masa azul salen una tras otra, a 30 pesos cada una, al igual que los tlacoyos, que comparten precio y protagonismo. Más allá, en pequeñas charolas, aparecen grillos tostados, tiras de tamarindo, ‘tarugos’ y ‘chitos’, una oferta que va de los 19 a los 40 pesos y que convierte la caminata en una especie de feria improvisada.

Sin embargo, el calor no da tregua.

Los rayos del sol caen de lleno sobre el primer cuadro de la alcaldía y obligan a muchos a improvisar sombra. En los puestos, gorras y sombreros se venden rápido, desde los 50 hasta los 200 pesos, mientras los vendedores pregonan sin pausa. Entre la multitud también circulan las micheladas, servidas con discreción pese a la ley seca vigente. Vasos escarchados pasan de mano en mano como pequeños respiros en medio del fervor.

A unos metros, la escena cambia de tono. Jesús es juzgado y azotado, y el silencio se impone por momentos entre quienes siguen de cerca la representación. Sin embargo, no todos esperan a que el recorrido llegue a su clímax. Algunos nazarenos deciden adelantarse y comienzan el ascenso hacia el Cerro de la Estrella con sus cruces al hombro.

Buscan evitar la aglomeración, pero también sostienen un gesto íntimo de su propia penitencia. En el cerro se abre otro plano de la jornada. Ahí, entre veredas de tierra y piedras sueltas, los nazarenos avanzan con esfuerzo.

Algunos tropiezan, otros se detienen a recuperar el aliento, mientras quienes observan, incluidos fotógrafos y reporteros apostados en puntos estratégicos, capturan instantes que oscilan entre lo solemne y lo inesperado. Hay caídas que arrancan murmullos, gestos que rompen la tensión y momentos que, sin quererlo, adquieren un matiz chusco.

En la parte alta, elementos de la Secretaría de Seguridad Ciudadana montan a caballo y vigilan el flujo de personas, atentos a que quienes acceden a ciertas zonas cuenten con acreditación. Los animales, ajenos a la solemnidad del momento, también imponen su presencia. Avanzan entre la gente y, de pronto, irrumpen con gestos tan naturales como inevitables, ante la mirada entre sorprendida y divertida de los asistentes.

Así, mientras la Pasión se encamina hacia su desenlace, el Viacrucis de Iztapalapa despliega múltiples capas al mismo tiempo. La devoción se concentra en cada estación, el cansancio se acumula en los cuerpos y una cotidianidad insiste en abrirse paso entre la multitud.

jornada.com

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